Que levante la mano el que no haya querido tener su propia casita cuando era niño... Ya lo sabía yo! Todavía recuerdo cómo enganchábamos las sábanas entre las dos literas e inventábamos un mundo aparte.
Si tuviera una casa más grande y no fuera como soy, Carmen ya tendría una de esas radiantes casitas de plástico que llenan patios de guarderías y escaparates de tiendas de juguetes. Muy chulas, sí, pero les veo varios inconvenentes. El precio, sin comentarios. El espacio que ocupan, como no tengas un jardín o un cuarto de juegos en casa, no hay dónde meterlas. Y sobre todo ¿a dónde va a parar tanto plástico después? Los juguetes no van al contenedor amarillo...
Así que antes de tirar al contenedor azul la caja de la tele nueva he decidido reciclarla.